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gfacytGilberto Freyre, en: Arte, ciência e trópico (1962).

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Sábado 3 de septiembre, 12 hs, Teatro Sarmiento: Ninfoleptos

Sábados de septiembre, 12 del mediodía, Teatro Sarmiento (Zoo), entrada $ 20, cada día un experimento único alrededor de la poesía y la escena, formando un cuarteto, un paralelepípedo, curado por dos grandes. Imperdible. De veras imperdible:

ninfoninfoprog

Noche tempestuosa: espasmos

de refucilos se agitan sobre las cumbreras

de mi rancho destartalado;

el cubil de estaqueos y cortaderas

se ha inflado como un escuerzo

en fuelle, picaneando

por la corredera del viento

orillero y el cielo en llanto.

 

Retazo de selva murmurada,

mi voz carrizalera

recupera, a grandes zancadas,

la tonada del “Yo, pecador”.

Y el recuerdo de otras noches

de tormentas olvidadas,

se lubrica con el semen de la vela

y el repiquetear furioso del chaparrón.

 

Fascinados por el rugido

melodioso del jaguarete,

mis pulmones saturados,

emulan su celada.

Fumo en cuclillas

a la luz de un quinqué;

veo morir sin gloria a las uras

y a las polillas, incineradas

en la flama del querosén.

 

Consuelo busco en el camino

y en los círculos sostenidos,

alrededor de mi deber.

Oiré el mugir de vacas aterradas,

sintiendo en cada arpegio, la llegada

del tigre del amanecer.

 

Mario Castells, en: Lenguaje. Poesía en idiomas indígenas americanos (2015).

GuateEn: Leyendas de Guatemala, compiladas por Miguel Ángel Asturias en 1930  +  Mesonyx > Delfin

 

SoNi

Roberto Calasso, en: La follia che viene dalle Ninfe (2005)

God Law Painting by Jean-michel Basquiat; God Law Art Print for sale

Jean Michel Basquiat, 1981

Todo lo que pierde su función deviene arte. El pasado entero es arte. El presente selecciona, en el pasado, el “verdadero arte”, valiéndose de aquello que, en el presente, se considera arte. El arte del presente está siempre minado por la mala fe fundamental de que se lo hace para el futuro, esto es, para que sea pasado. Pero como el futuro, al tornarse presente, selecciona el arte del pasado, el arte de hoy, consciente de eso, quiere imponerle al futuro su arte. Sin embargo, medio siglo de arte moderno bastó para revelarles a los contemporáneos que ese intento es vano, y entonces el arte quedó sumido en la desesperación.

Ferreira Gullar, en: Loro parlanchín (1964)

BB @ Argel, 2013

Habituada a moverme estrictamente de día, según la normativa musulmana para las mujeres, hasta el centro de Argel en la línea de subte 1, desde Jardin d’essai du Hammah (un jardín botánico tupido, variado y con buena sombra) a la estación Tafourah, conocida como “La Grande Poste” porque allí está intacto el palaciego Correo Central de la era de la ocupación francesa, el viaje bajo tierra, me decían los conocidos y yo lo comprobaba a diario, me brindaba la protección ‘mínima y necesaria’ dada mi condición de mujer y, además, extranjera.

Aclaremos lo siguiente: Argelia no es un país recomendable para visitar sin la compañía de, al menos, un hombre; y aunque no debe una cubrirse la cabeza como las religiosas ortodoxas, es mejor vestir ropas de mangas largas y faldas largas o pantalones, y no hacer alarde de los atributos de la moda occidental (bolsos vistosos o brillantes, relojes, telas estampadas, sandalias; ni hablar de dejar a la vista los tatuajes). Y algo más: no mirar directamente a los ojos a nadie, porque puede ser interpretado como un desafío, si no como una ofensa.

Todo esto, claro, viajando por cuenta propia y no en un tour, de los que hay tantos, que garantizan la plena experiencia exótica/norafricana de la ciudad reduciendo su territorio a no más de cinco manzanas domesticadas a fuerza de dinero; por la fuerza de los sobrevaluados y codiciados, finalmente sucios de tanto manoseo, euros — los argelinos, desde mucho antes de la revolución y la contrarrevolución, acumulan todo el oro que pueda comprar una familia.

El viaje era de 5 estaciones, la mitad del recorrido de 10 estaciones en 10 kilómetros. El horario: entre las 10 y las 17 hs.

El destino seguro, atractivo, el así llamado ‘centro’, es una medialuna de espalda volcada a la costa mediterránea, de arquitectura francesa del siglo XIX y principios del XX de no más de 5 pisos, muros blancos, altas persianas añil que no alcanzan la intensidad del añil de las túnicas sedosas de los tenaces nómades Tuareg, los amos del desierto sureño, con lapsus de demoliciones, basurales inexplicables, reflejos dorados en cualquier parte. Porque el cielo y el sol de esas latitudes hacen brillar el polvo del aire y subliman los desechos: esto es verdad, aseguro, y se ve en la obra de los grandes pintores que se radicaron aquí por esa razón. Por la luz.

A lo largo de la Rue Didouche Mourade, la avenida vertebral, los edificios se apiñan, se enciman entre sí, pareciera, para no desbordarse sobre las veredas angostas transitadas por túnicas y más túnicas, blancas para ellos y negras para ellas, moteadas ocasionalmente por un traje azul o marrón de tres piezas, corbata a rayas y zapatos con lazo.

En diagonal a la Grande Poste hay una plaza. Digo en diagonal sólo porque el edificio del Correo ocupa el ángulo de la medialuna costera.

Y la plaza, trazada en una barranca abrupta de 200 m, semeja un laberinto simple, o un zigzag pautado por bancos largos para sentarse y contemplar el mar desde la altura, escalinatas de piedra que no quitan el aliento si se las sube con paso lento y rincones sombríos de plantas aromáticas. Aquí las palmeras datileras nunca faltan.

Alrededor hay cafés de estilo europeo y despachos de comida argelina, en los que el cous cous es el plato del día, cada día con variaciones, y todas las variantes posibles del shawarma. Las bebidas son el té de menta y el café tostado (la Coca Cola es sólo para los más jóvenes). Y la normativa musulmana para las mujeres prohibe sentarse sola a una mesa.

En la plaza, la costumbre es mirar, nunca muy fijamente, a los que pasan, conversar en bereber o en árabe, cada uno con sus gestos típicos, siempre en voz muy alta, y en mi caso leer, algo que aprendí a hacer en cualquier lugar del mundo porque no puedo evitarlo, leer es uno de los más grandes placeres, y al mismo tiempo sirve para pasar inadvertida. Igual que caminar sin detenerse a observar ni comprar nada.

Sobre la misma Didouche Mourad, en dirección al norte sigue extendiéndose el resto, o los restos, de la ciudad francesa burguesa, residencial e institucional, que poco a poco se vuelve un collar (vale decir de perlas, de corales, de turquesas o de oro, porque se venden en la calle) de comercios textiles, sobre todo textiles, y de alhajas tribales, cueros labrados, bordados, almohadones, y en cada esquina una botica de preparados naturales para mejorar la salud que siguen las recetas antiguas (para nosotros medievales) de Ibn Sina, el legendario médico Avicena de Persia. Una hilera de tiendas, tenderetes y tienduchas como una fila de dientes gastados donde regatear es regla, inevitable – de lo contrario, es seguro el robo y el desprecio de los vendedores.

No hay más que seguir la calle dentada para arribar a la Kasbah, incrustada como una piedra lunar tallada a golpes, no del todo redonda y puntiaguda, sobre el fondo ya indistinguible de los mercados a cielo abierto que en las cercanías, en lo más próximo, son negocios de productos chinos seriales y globales.

Pero adentrarnos en eso, la Kasbah o Bab El Oued, es otra historia.

Hice una y mil veces este camino, de día. Por las mil y una noches que no conocí.

Pero una tarde, antes de ponerse el sol furioso y vivificante sobre el mar azul insondable, mi amiga Samira me propuso una aventura: salir a la luz de la luna y recorrer la ciudad. ¿Cómo? ¿Cómo sería posible andar por esas calles a salvo, sin velo, mujeres, sueltas y libres? Con la condición de hacerlo en automóvil. Y cuando sea tarde, casi medianoche. Cuando los ánimos de los fieles musulmanes se apaciguan entre un llamado a la oración y otro, cuando el sedimento de los tés olorosos (y me contó: el alcohol comprado a escondidas) dejó en su poso dormida la beligerancia. Y eso hicimos.

Comimos cordero asado sin guarnición (verduras y frutas frescas son difíciles de encontrar) y esperamos. Miramos desde la oscuridad del balcón la callejuela curva, con autos estacionados sin un palmo de espacio en medio, una serpiente de metales sinuosos, y una vez que se fueron los últimos hijos de Allah, a los gritos y empujones, bajamos con sigilo, subimos a su precario Fiat, se encendió el motor, nos pusimos en marcha y recorrimos el camino de siempre, esta vez casi negro, las luces de las esquinas tenues y los semáforos liberados, y pude ver cómo un mundo de hombres de piel color aceituna, cabezas rapadas o con turbantes y ropa larga blanca inmaculada, cada uno de ellos, y eran muchos, corría, cruzaba de vereda a vereda, algunos se paraban en las mesas de las teterías, otros gesticulaban trepados a los monumentos en ruinas, cantaban, se abrazaban, se besaban las mejillas, casi que danzaban, casi que dejaban estelas, como animales marinos. Eso vi: el fondo del mar humano, y nosotras de expedición (clandestina y bajo el riesgo de ser apedreadas) en un tren transparente.

Figura en la foto: Ferreira Gullar, en su departamento de Copacabana, 2010:

FG2010