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Fogatas para combatir el frío y la intemperie, cocinar, festejar, señalar el lugar recuperado y vuelto a poblar, o donde se ha perdido la batalla y quedan algunos dando coletazos como peces fuera del agua, como poemas que fueron escritos y destruidos, quemados por el fuego una larga noche inhóspita o dichosa, ¿qué sabemos? (Jamás olvidaremos esa quema, que fue copiosa y dio luz y calor suficiente hasta que se encendiera el amanecer que en comparación se veía anémico.) Poemas como cometas con su cabellera desplegada aun cuando su núcleo está muerto, porque así son los poemas. Luces que rasgan el cielo y las vidas en dos. Luces sin sombra en la tierra. Sin brillo, la veta mineral, la gema incrustada en su capuchón hermético de cromo y berilo por miles y miles y miles de años; como la nuez antes de nacer. Y la nuez cascada, rota y opaca en carne viva, en silencio. En el más absoluto silencio, poemas. Los peligros del bosque. Lianas, donde no hay palabras, como fogatas. O la rosa de los vientos en forma de Cruz del Sur fraguada en plata, llamada de Agadez, que dan los padres de la tribu Tuareg a sus hijos “porque no se sabe dónde iremos a morir”. Porque el fuego devora la vida del aire, y el aire vive del cuerpo vivo que lo devora. Lianas porque no hay palabras porque hay poemas.

BB (inédito, de Anubis, en preparación)