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Vi tanta cosa en este mundo, tanta.
Y sé que queda mucho más por ver.
Al lado de lo que hay,
lo tanto que vi es poco, tan poco, ínfimo.
No llega ni a los talones de lo que falta.
Pero ahora no quiero ver nada, más nada.
En este momento.
Estoy cansada.

Vi tanta cosa en este mundo, tanta.
Pero sigo siendo una niña. Boba.
Los ojos asombrados, abiertos.
El pellejo sin curtir.
Ofreciendo este lago del pecho
–este lago a flor de piel, aunque vaso
comunicante con el hondo foso–
a cualquier faca.
Por eso estoy más cansada.

Todo está inscripto en piedras logogrifos,
en acetato, chips, imágenes de video,
sensuales secuencias de sones y ritmos latinos
y ladridos secos, sajones,
en la voz de personas queridas
–voces encendidas,
en sus opiniones en vivo y también
en las que imprimen en los diarios,
en el dolor que reavivan las opiniones malignas
incluso cuando no son poderosas,
en miles de millones de páginas leídas.
Todo eso rumia, revuelve, convulsiona
mar bravío de potentes motores recónditos
corrientes simultáneamente ascendentes, descendentes, centrípetas, centrífugas
y sus raros enganches casuales, que disparan el silencio.
Tan raros. Tan deseados.
(Porque es penoso aprender y no siempre se aprende a fluir
con las corrientes, como todos sabemos.)

El silencio viene en paz con la misión cumplida.
Con el amor bueno.
Viene con las palabras bellas que aprendí, que reuní, que combiné
con las palabras que quiero mostrar
que tengo que mostrar
–su respiración,
su música–
que aprendí porque vi
tanta cosa en este mundo.

Angela Melim, en: Mais dia menos dia. Poemas reunidos 1974 – 1996.