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EDGARDO RUSSO
Bibliófilo apasionado, poeta secreto y emprendedor audaz e intelectualmente independiente (a ultranza), Edgardo es uno de los más agudos lectores y uno de los interlocutores más intensos que yo haya conocido, y probablemente uno de los últimos editores de pura raza que ha habido en Argentina (de los que eligen los títulos para sus catálogos por amor, por convicción, tras minuciosas y gozosas exploraciones literarias y extraliterarias). Trabajé con él durante muchos años en varios de los sellos que coordinó y fundó, y aprendí muchísimo. Con Teresa Arijón le debemos haber cumplido el sueño de traducir la prosa riesgosa de Clarice Lispector y la poesía magnífica, inigualable, de Alberto Caeiro, con el cuidadoso rigor que abre las puertas a la libertad total, es decir, a la literatura y sus oficios. Y por esto le estuvimos y estaremos siempre agradecidas. Edgardo el incansable, el polémico, el tímido, el afectuoso, el ojo de la tormenta que leía y traía a nosotros el otro lado de la tormenta: vas a hacer falta, vamos a extrañarte, vamos a recordarte con respeto y cariño inmensos. Esta es para mí tu imagen: en el cuenco de plata, vivo, el fuego.

(Sale mañana en Página/12. Qué tristeza.)