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Noche tempestuosa: espasmos

de refucilos se agitan sobre las cumbreras

de mi rancho destartalado;

el cubil de estaqueos y cortaderas

se ha inflado como un escuerzo

en fuelle, picaneando

por la corredera del viento

orillero y el cielo en llanto.

 

Retazo de selva murmurada,

mi voz carrizalera

recupera, a grandes zancadas,

la tonada del “Yo, pecador”.

Y el recuerdo de otras noches

de tormentas olvidadas,

se lubrica con el semen de la vela

y el repiquetear furioso del chaparrón.

 

Fascinados por el rugido

melodioso del jaguarete,

mis pulmones saturados,

emulan su celada.

Fumo en cuclillas

a la luz de un quinqué;

veo morir sin gloria a las uras

y a las polillas, incineradas

en la flama del querosén.

 

Consuelo busco en el camino

y en los círculos sostenidos,

alrededor de mi deber.

Oiré el mugir de vacas aterradas,

sintiendo en cada arpegio, la llegada

del tigre del amanecer.

 

Mario Castells, en: Lenguaje. Poesía en idiomas indígenas americanos (2015).