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Si para un temperamento como el de Simone Weil —tan similar, en algunos aspectos, al de Fernando Pessoa—, el fragmento, el apunte o la nota constituyen una suerte de palanca de la iluminación, para el portugués representan el registro de “ciertos momentos muy claros de meditación”. El paralelismo entre la pensadora y el poeta no es en absoluto caprichoso. Precisamente en tierras lusitanas, y el mismo año del fallecimiento de Pessoa, Weil experimenta el primero de sus trances: “En 1935, con el alma hecha pedazos y en unas condiciones físicas miserables, llegué a un pequeño pueblo portugués, igualmente miserable, sola, de noche, bajo la luna llena, el día de la fiesta patronal. Las mujeres de los pescadores portaban cirios y entonaban cánticos de una tristeza desgarradora. Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo era la religión de los esclavos, y yo entre ellos”. Pessoa, quien, recordemos, era hijo de un crítico musical, señalaba en 1928: “El fado expresa el cansancio del alma, la mirada de desprecio de Portugal al dios en quien creía y que también lo abandonó”.