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Category Archives: a Giorgio de Chirico

nasa1960

De la Tierra a la Luna, así se hace!

gfacytGilberto Freyre, en: Arte, ciência e trópico (1962).

Las notas de un hombre del neogeno son uno de los más inapreciables tesoros del pasado remoto de la Tierra. Son del período decadente de la cultura precaótica, que precedió a la Gran Desintegración. Es una irónica paradoja de la Historia, porque sabemos mucho más de las antiguas culturas de Asiria, Egipto o Grecia que sobre las civilizaciones del neogeno temprano, sobre los primeros tiempos de la aoatmística y la astrogación primitiva. Porque esas culturas arcaicas dejaron monumentos perdurables de hueso, piedra, pizarra y bronce, en tanto que en el neogeno medio y tardío se utilizaba el llamado papilro para registrar todos los conocimientos.

Este derivado de la celulosa, una sustancia frágil, casi blanca, se rodillaba y cortaba en pliegos rectangulares sobre los cuales con pintura oscura se imprimía toda clase de informaciones, tras lo cual se los agrupaba y cosía de una manera particular.

Para entender cómo se llegó a la Gran Desintegración, esa catástrofe que en el transcurso de unas semanas destruyó el saber de siglos, hay que retroceder tres mil años. En esos tiempos no existían la metamnesis ni la técnica para cristalizar la información. Todas las funciones de los actuales mnemores y gnosores eran cumplidas por el papilro. Ya existía, por cierto, el germen de la memoria mecánica, pero eran máquinas enormes y difíciles de maniobrar que, por otra parte, se utilizaban con fines limitados y especiales. Se las llamaba “cerebros eléctricos”, con la misma exageración –vista solo desde la distancia histórica– con que los constructores de Asia Menor consideraban que las torres del templo de Baa-Bel llegaban al cielo.

No sabemos con exactitud cuándo ni dónde estalló la epidemia de papilrólisis. Probablemente haya sucedido en el sur, en la región desértica del país de Ammer-Ka, donde estaban construyéndose los primeros cosmódromos. Los contemporáneos en principio no entendieron el peligro que los amenazaba. Se nos hace difícil compartir la grave ligereza con la que se expresaron los historiadores posteriores. Evidentemente el papilro no se destacaba por una particular durabilidad, sin embargo no se puede responsabilizar a la cultura precaótica por no haber previsto la existencia del catafactor RV, conocido también como el factor de Harcio.

De todos modos, la verdadera naturaleza de ese factor fue descubierta por Folses Prodoctor Sexto, recién en el período galáctico, estableciendo que su origen estaba en la tercera luna de Urano. Había sido arrastrado a la Tierra, sin saberlo, por una de las primeras expediciones de descubrimientos en órbitas bajas (según Pronostor Phaa-Waak había sido el octavo viaje pequéñico) y el factor de Harcio había provocado en todo el planeta una masiva desintegración del papilro.

No conocemos los detalles del cataclismo. Según la transmisión oral, cristalizados recién en el cuarto galactium, los focos de la epidemia fueron los grandes depósitos de papilros con información, los llamados bao-bliotecas. La reacción era casi instantánea. En lugar de los inapreciables yacimientos de la memoria colectiva, quedaban pilas de un polvo gris, ligero como la ceniza.

Los científicos precaóticos supusieron que debían vérselas con una bacteria que atacaba el papilro, y perdieron mucho tiempo en búsquedas infructuosas. Es difícil negar la acertada afirmación del Histognostor Cuarto de Tauro, que habrían servido mejor a la humanidad si hubieran dedicado ese tiempo malgastado más bien a cincelar en piedra los textos que se desintegraban.

El neogeno tardío, el período de la catástrofe, no conocía la gravitrónica, la cibereconomía ni la sintefísica. La economía de los distintos grupos étnicos, llamados nassiones, tenía un carácter relativamente autonómico. Dependía absolutamente de la circulación del papilro.

De él también dependía la continuidad de las remesas a Marte, donde Tyberis Sirtiana estaba en la primera fase de su construcción.

La papilrólisis arruinó no solo la vida económica: esos tiempos son llamados, y con bastante razón, la época de la papilrocracia. El papilro regulaba y coordinaba, de un modo difícilmente comprensible para nosotros, los destinos de los individuos (como el llamado “papilro de identidad”). Por otra parte, los significados utilitarios y rituales del papilro en el folklore de ese entonces (y la catástrofe sucedió en el período de mayor desarrollo de la cultura del neogeno precaótico) hasta ahora no han sido catalogados en su totalidad. El significado de alguna de sus variedades lo conocemos, de otros quedaron solo nombres huecos (apfishes, khompro-bantte, biiyete, doocu-meto, entre otros). En esa época era imposible nacer, crecer, educarse, trabajar, viajar o procurarse la vida sin la intermediación del papilro.

Con esa perspectiva se aprecian las dimensiones de la catástrofe que asoló a la Tierra. Todas las medidas –cuarentena, aislamiento de ciudades y continentes enteros, la construcción de refugios herméticos– fallaron. La ciencia de ese entonces estaba inerme frente a la estructura subatómica del catafactor, que había surgido durante la evolución anabiótica. Por primera vez en la historia los vínculos sociales se vieron amenazados por una desintegración total. Como reza la inscripción descifrada en una pared de los baños del yacimiento Fri-sco (una de las ciudades mejor conservadas de Ammer-Ka meridional), cincelada por un anónimo bardo del cataclismo, “el cielo se oscureció sobre las ciudades por las nubes de papilro desintegrado, y luego durante cuarenta días y noches cayó una lluvia sucia, y así, con el viento y los arrollos de lodo, desapareció de la faz de la Tierra la historia del hombre”.

En esencia, era un duro golpe propinado al orgullo del hombre del neogeno tardío, quien se pensaba ya alcanzando las estrellas. La pesadilla de la papilrólisis se tragaba todos los campos de la vida. En las ciudades cundía el pánico; las personas privadas de su individualidad perdían el juicio; se interrumpía la provisión de bienes; se llegaba a actos de violencia; la técnica, el desarrollo de las ciencias, la educación formal se disgregaban y desaparecían. Cuando las centrales energéticas se detenían, no se las podía arreglar por falta de planos. Se apagaban las luces eléctricas y la oscuridad se iluminaba con las llamas de los incendios.

Así el neogeno entró a los tiempos del caos. Duraría doscientos y tantos años. El primer cuarto de siglo de la Gran Desintegración no dejó ninguna crónica escrita, por motivos muy comprensibles. Por lo tanto solo podemos conjeturar en qué condiciones el gobierno de la Federación Terráquea, nacido medio siglo antes, se esforzaba por contrarrestar la descomposición social.

Cuanto más alta es la civilización, tanto más esencial le resulta mantener la circulación de informaciones, tanto más sensible es a cada perturbación de dicha circulación. Ese sistema circulatorio de la sociedad estaba deteniéndose. El único repositorio del saber era la memoria de los profesionales vivos; por eso, ante todo, había que perpetuarla. Un problema en apariencia simple resultó imposible de resolver. El conocimiento del neogeno tardío estaba tan fragmentado que ningún especialista abarcaba la totalidad de su materia. La reproducción, pues, demandaba un trabajo tedioso y largo de grupos especializados. Si se lo hubiera emprendido de inmediato, sostiene Laa Bar Polignostor Octavo de la Escuela Histórica Bermandiana, la civilización del neogeno en breve habría sido reconstruida. Al magnífico creador de la cronología sistemática del neogeno hay que contestarle que quizá las acciones que postula habrían permitido la acumulación de montañas de conocimientos, pero tras cumplir con ese cometido, no habría habido nadie que los aprovechara. No serían capaces de eso las hordas nómades que abandonaban las ruinas de las ciudades devastadas, y sus hijos salvajes ya no conocerían en absoluto el arte de leer y escribir. Habrían debido salvar a la civilización en el momento en que se desmembraba la industria, paraba la construcción, se inmovilizaba el transporte, cuando clamaban por ayuda las multitudes hambrientas de los continentes y privadas de abastecimientos, amenazada la supervivencia de las colonias de Marte. Los especialistas no podían dejar a la humanidad librada a su suerte para, aislados, crear nuevas técnicas de registro.

Se asumían esfuerzos desesperados. Toda la producción de algunas ramas de la industria del entretenimiento, por ejemplo las llamadas películas, se reconvirtieron para anotar de inmediato la información que llegaba sobre el movimiento de las naves y cohetes, porque sus catástrofes se multiplicaban. Los planos de las redes energéticas reproducidos de memoria se imprimían en telas para ropa. Toda la provisión de materiales sintéticos útiles para la escritura se repartía entre las escuelas. Los científicos físicos revisaban las pilas atómicas que podían explotar. Equipos de rescate de profesionales corrían de un punto del planeta a otro. Pero todo eso eran apenas migajas del orden, átomos de organizaciones que se diluían en el océano del creciente caos. Sacudida por permanentes convulsiones, en continua lucha contra la marea de analfabetismo, ignorancia, retroceso, es necesario juzgar la inmovilizada cultura caótica no según lo que perdió, sino según lo que, a pesar de todo, supo salvar.

Detener la primera oleada de la Gran Desintegración requería los mayores sacrificios. Se rescataron las avanzadas terráqueas en Marte y se reconstruyó la tecnología, esa columna vertebral de la civilización. Las cintotecas y los micrófonos remplazaron los repositorios de papel. Por desgracia, en otras materias las pérdidas fueron crueles.

Dado que la producción de nuevos medios de registro no satisfacía las necesidades más urgentes, se sacrificaba –para salvar briznas de cultura– todo lo que no les servía en forma directa. La peor derrota fue la de las ciencias humanísticas. El saber se transmitía oralmente, en forma de clases, y luego los oyentes se transformaron en los educadores de la generación siguiente. Fue uno de los sorprendentes primitivismos de la cultura caótica el que provocó que la Tierra sorteara la catástrofe con irremediables pérdidas en materias como historia, historiografía, paleología y paleoestética. Se salvó apenas una mínima fracción de la heredad literaria. Se volvieron polvo millones de volúmenes de crónicas históricas, invalorables testimonios del neogeno medio y tardío.

Finalmente, hacia finales del período caótico, se llegó a uno de los estados más paradójicos cuando, con una técnica relativamente desarrollada, frente al funcionamiento de la gravitrónica y tecnobiótica primitivas, después de los éxitos del transporte cisgaláctico masivo, la humanidad no sabía nada o casi nada de su propio pasado. Lo que hasta nuestros días ha perdurado del enorme saber neogénico son apenas unos jirones sueltos, unas relaciones sobre hechos transformados hasta lo incomprensible, deformados por la cantidad de veces que han sido transmitidos en forma oral. Y precisamente así es la historia, con una cronología de los hechos más importantes incierta hasta hoy día, llena de faltantes, manchas blancas en los cristales del conocimiento, que se convirtió en nuestra herencia. (…)

Stanislaw Lem, en: Pamiętnik znaleziony w wannie (1961).

ReneClaviculesRené Daumal, en: Le contre-ciel (1930).

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René Daumal, en: Poésie noire, poésie blanche (1954).