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Category Archives: diario íntimo

Conquisté el mundo

su centro es una ciudad

en esa ciudad una casa

en esa casa sólo una recámara

y ahí sólo una cama

en esa cama la mujer predilecta

la esencia del reino y la dicha

brillando como una joya.

 

Anónimo

Figura en la foto: Ferreira Gullar, en su departamento de Copacabana, 2010:

FG2010

Wright1Wright2

Charles Wright, en Appalachia (1998).

Veo clarear el día en plena noche

cerrada. No estoy loca. No es un efecto

óptico. Llevo la mano automáticamente

al sitio donde está, debería estar, la copa,

pero no está allí, está en otra parte.

Mi padre está enfermo, sin cura,

y de eso no hay vuelta, retorno

ni remedio que pueda ayudar.

Todo cambió. La noche, el día, la copa

vacía de lugar, papá – que me pregunta:

¿y vos, a qué te dedicás?

A cada hora, cada frontera incierta,

trinchera por trinchera.

EDGARDO RUSSO
Bibliófilo apasionado, poeta secreto y emprendedor audaz e intelectualmente independiente (a ultranza), Edgardo es uno de los más agudos lectores y uno de los interlocutores más intensos que yo haya conocido, y probablemente uno de los últimos editores de pura raza que ha habido en Argentina (de los que eligen los títulos para sus catálogos por amor, por convicción, tras minuciosas y gozosas exploraciones literarias y extraliterarias). Trabajé con él durante muchos años en varios de los sellos que coordinó y fundó, y aprendí muchísimo. Con Teresa Arijón le debemos haber cumplido el sueño de traducir la prosa riesgosa de Clarice Lispector y la poesía magnífica, inigualable, de Alberto Caeiro, con el cuidadoso rigor que abre las puertas a la libertad total, es decir, a la literatura y sus oficios. Y por esto le estuvimos y estaremos siempre agradecidas. Edgardo el incansable, el polémico, el tímido, el afectuoso, el ojo de la tormenta que leía y traía a nosotros el otro lado de la tormenta: vas a hacer falta, vamos a extrañarte, vamos a recordarte con respeto y cariño inmensos. Esta es para mí tu imagen: en el cuenco de plata, vivo, el fuego.

(Sale mañana en Página/12. Qué tristeza.)

Terminé de leer hace unos días la más que bienvenida nueva traducción de Del caminar sobre el hielo, de Herzog, libro que busqué infructuosamente por años, mientras recordaba por otros motivos, temiendo haber dejado en otra parte el libro que acabo de encontrar, los diarios de las errancias de Basho, que leí por primera vez cuando erraba yo entre otras montañas por otros caminos del norte. Pero apareció y aquí está:

795f6bea307f04295b373f10fc2370fbBasho

Y aquí está su versión abreviada, incompleta, la única disponible en castellano.

Vi tanta cosa en este mundo, tanta.
Y sé que queda mucho más por ver.
Al lado de lo que hay,
lo tanto que vi es poco, tan poco, ínfimo.
No llega ni a los talones de lo que falta.
Pero ahora no quiero ver nada, más nada.
En este momento.
Estoy cansada.

Vi tanta cosa en este mundo, tanta.
Pero sigo siendo una niña. Boba.
Los ojos asombrados, abiertos.
El pellejo sin curtir.
Ofreciendo este lago del pecho
–este lago a flor de piel, aunque vaso
comunicante con el hondo foso–
a cualquier faca.
Por eso estoy más cansada.

Todo está inscripto en piedras logogrifos,
en acetato, chips, imágenes de video,
sensuales secuencias de sones y ritmos latinos
y ladridos secos, sajones,
en la voz de personas queridas
–voces encendidas,
en sus opiniones en vivo y también
en las que imprimen en los diarios,
en el dolor que reavivan las opiniones malignas
incluso cuando no son poderosas,
en miles de millones de páginas leídas.
Todo eso rumia, revuelve, convulsiona
mar bravío de potentes motores recónditos
corrientes simultáneamente ascendentes, descendentes, centrípetas, centrífugas
y sus raros enganches casuales, que disparan el silencio.
Tan raros. Tan deseados.
(Porque es penoso aprender y no siempre se aprende a fluir
con las corrientes, como todos sabemos.)

El silencio viene en paz con la misión cumplida.
Con el amor bueno.
Viene con las palabras bellas que aprendí, que reuní, que combiné
con las palabras que quiero mostrar
que tengo que mostrar
–su respiración,
su música–
que aprendí porque vi
tanta cosa en este mundo.

Angela Melim, en: Mais dia menos dia. Poemas reunidos 1974 – 1996.