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Category Archives: ¡autobombo!

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3 nuevos Nomadismos en Brasil: Mudança, de Verónica Gerber Bicecci, Leituras furadas, de Luis Felipe Fabre y A liberação da mosca, de Luigi Amara. Vamos! Arre! Eparrei!

Tapa HeloTapaMilanTapaStupiaTapaKlein

Ni más ni menos que 4 nuevos Nomadismos:

en Argentina Línea de tiempo, de Heloísa Buarque de Hollanda, en Brasil Escrever sobre escrever poesía, de Eduardo Milán, Cores cobras pincéis cães, de Eduardo Stupía, y Fornicar e matar e outros ensaios, de Laura Klein. Felices estamos, celebramos y compartimos!

Una traducción inesperada de Szabi Simo para buenosairespoetry

TapaGullarCuencaTercer libro de Nomadismos + Bienal de Cuenca, Ecuador

Arre!

Aquí el texto de presentación que escribió el poeta Jeymer Gamboa para Canódromo, por el que le estoy sumamente agradecida y me hace inmensamente feliz:

Canódromo de Bárbara Belloc: La música que surge de una rotación insistente

Primero una aclaración: lo que voy a leer no es un texto crítico ni un análisis estilístico del libro que estamos presentando. Si bien el libro se merece un estudio de esas características, no soy yo quien lo va a hacer y tal vez este no es el espacio para hacerlo. Lo de hoy tiene más bien un carácter celebrativo y de reunión, y a eso correspondo. A veces nos pasa que, después de leer un libro de poesía que nos gustó, empezamos a sentir una reverberación. Percibimos unos destellos que salen de las páginas que nos han cautivado, casi como fantasmas. Esto suena un poco místico, pero he llegado a pensar que con esas estelas difusas es que se mantiene viva la escritura. Absorbemos esa energía y nos ponemos a escribir. Son los sedimentos que van dejando las lecturas. Esto más o menos se sabe, o se intuye. Lo que quiero decir es que estas notas breves, lo que voy a leer ahora, son un texto-homenaje a estos poemas de Bárbara, un intento de diálogo con su libro Canódromo. También podríamos decir que son unas impresiones a flor de piel después de leerlo.

El ser humano tiene una capacidad sorprendente para adaptarse a la uniformidad, a lo común, a lo normal. La comodidad nos vuelve, irremediablemente, animales gregarios. Y es algo que nos pasa incluso como lectores de poesía: un habituarse a ciertas voces, estéticas o afinidades. A veces nos quedamos demasiado relajados en nuestro sillón gastado de lo comprensible. Sin embargo, cada tanto cae en nuestras manos un objeto insólito que nos produce un remezón. Mejor dicho, un no-objeto. Un artefacto singular que nos recuerda que siempre hay formas distintas de hacer las cosas. Una incisión en la manera de ver. Es lo que me pasó con Canódromo. Es el paso del cometa que nos dejó deslumbrados. Rara avis: este libro nos cuestiona y nos marca nuevos desvíos en el territorio de la poesía que tal vez solemos leer con más frecuencia. Digámoslo también de esta forma: es un texto extraño y hermoso. Y mejor aún: un libro contundente en su construcción conceptual y a la vez poliédrica. Un libro en el que, conforme avanzamos en su lectura, se van desplegando capas y capas de sentido. Como abrir un frasco con una sustancia poderosa y altamente concentrada. La densidad que hay en sus páginas exige un lector atento y entregado a una atmósfera inexplicable, por momentos opresiva. Canódromo es la definición exacta de lo que vamos a encontrar en su interior. Ahí todo es energía, movimiento y fuerza muscular. Pero también es tensión, desgaste y desolación. En ese terreno de corrientes circulares se mueve Belloc y, como en aquellos experimentos cronofotográficos en la Estación Fisiológica de Jules Marey, ella propone su particular e inquietante zoología animada: osos, ciervos, liebres, medusas, ratones y perros. Sobre todo perros. Belloc se sirve de esta fauna para crear una serie de alusiones sobre ciertos estados de fragilidad, dominación, atadura, castigo y desasosiego. Un antropomorfismo lento y desconcertante en el que, por así decirlo, empiezan a doler los huesos. Por otro lado, el tema de la muerte también entra como un torbellino en estas páginas y forma un centrifugado que no se agota y se expande: la historia del cazador Acteón rodeado y devorado por una jauría de perros, la de un veterano de la guerra en el Golfo que ha visto demasiada destrucción, la jauría predadora en una tragedia de Ovidio, el círculo cántabro que se vislumbra alrededor de una paseadora de perros. Estos son solo algunos ejemplos de referencias a mitos e historias que hablan de guerras, canibalismo, antropofagia y muchas otras formas de entregar o tomar el cuerpo. En ese sentido, Belloc logra ir más allá de la operación alegórica. Estos animales, con su locomoción, con su no-lenguaje y con sus posturas orgánicas, empiezan a producir un extrañamiento en nuestra relación con las palabras, el cuerpo y los modos de mirar (que podría ser la función de la poesía misma, ¿no?, este extrañamiento animal, más salvaje). En su carrera desenfrenada nos llevan, o nos empujan, hacia zonas donde el lenguaje tiende a desarticularse, hasta que solo quedan unos puntos suspensivos en la página, quizá otra vez la muerte, la imposibilidad de nombrar las cosas. Nos recuerdan que la poesía es ante todo balbuceo, murmullo, incluso ladrido. Las referencias mitológicas e iconográficas que abundan en estos poemas son piezas precisas dentro de sus engranajes. Es decir, hay un equilibrio entre la erudición y la observación cotidiana o autorreferencial. Una comunión cristalina, y bien lograda, entre la materia intertextual y la reflexión. De ahí, por ejemplo, que el perro que todos hemos visto –parafraseando uno de sus poemas– se persigue la cola y nos muestra el ouroboros mítico que fue, que es, que podría ser. Ese movimiento del perro, un giro sobre su propio eje, un impulso misterioso y acaso ancestral, es la operación sutil que articula al libro y que lo define como un sistema inagotable de transmisiones cíclicas. Es decir, un diálogo permanente entre el presente y el pasado. Un puente. Un circuito. Un bucle. Una constelación. Estos textos nos recuerdan que todo lo que vemos y con lo que nos relacionamos tiene una resonancia lejana y soterrada. Son poemas que fluyen en un vaivén hipnótico y lleno de encantamientos. Poemas que tratan de morderse la cola: nido, falda de derviche, tornado, campana, anillo, anillo dentro de un anillo, cinturón, cosmos, liana, canódromo. Una rotación insistente que nos obliga a escuchar la canción de cuna que suena debajo de estas palabras. Como el ruido de la aguja sobre los surcos de un acetato. Como el coro espontáneo de 200 perros ladrando en la noche. Como un canto fúnebre. Después silencio. Tabula rasa. Porque hay que aprender de nuevo un lenguaje y hay que inventar un nuevo sistema de códigos en nuestra caverna solitaria. Crear, se sabe, es ante todo destruir. Es reelaborar. Es deglución. En fin, aquello de hacer cosas nuevas con cosas viejas. Es volver a frotar un palo en círculos para que aparezca el fuego, el origen, lo esencial. Y después: ¿qué sabemos? ¿Qué sabemos de esa quema, que fue copiosa y dio luz y dio calor suficiente hasta que se encendiera el nuevo amanecer, que en comparación se veía anémico?

26-11-2015   Jeymer Gamboa

Están todxs invitadxs:

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